La envidia, aquel pecado capital que se cree jamás podría
habitar en nuestro ser -ya que es algo que hiere nuestro ego-, obligándonos a
negarla, como si fuera un pecado mortal, como si nadie pecara, como si todos
los seres fueran puros.
Todos, sin exclusión, hemos tenido aquella sensación y saña,
de ver reflejados en el otro, aquellos anhelos e ilusiones, que han rondado en
nosotros, que hemos deseado con todas nuestras fuerzas, y que ahora no son
nuestros, sino de ellos, de los envidiados.
Saber que los años van pasando y no se ha logrado mayor cosa
para la satisfacción personal, es algo que invade y se difumina en todo el ser,
enfermándolo y encaminándolo hacía un destierro de sí mismo, del entorno; y más
aún cuando se ve que otros si han conseguido recoger aquellos fragmentos que
los han podido construir, triunfar.
Observar en aquellos seres la belleza completa, mientras se
hace una introspección de la vida propia, y de aquellas cosas que se quisieron
hacer pero por motivos diversos, no se pudieron lograr, haciendo que aquellas
figuras resalten comparativamente –con uno mismo- y se agache la cabeza con
motivo de saber que no se sabe nada, que no se es nadie y que el tiempo no ha
sido del todo aprovechado, dejando tirado en el rastro del reloj de arena, todo
conocimiento y belleza que se pudo haber adquirido.
Ahora sólo queda seguir luchando por obtener aquellas cosas
que queremos, hasta al menos sentir que la vida valió la pena vivirla, que
logramos completar cierta parte de nosotros…o que nos cosan los ojos.
Sabés, hay dos cosas peores al leer este escrito:
ResponderEliminar1. Tú también estás siendo envidiada por alguien o muchos.
2. Me das envidia, jajaja.